lunes, 19 de diciembre de 2016

ESCUELA SECUNDARIA TÉCNICA No. 52
“ALFONSO MEDINA CASTAÑEDA”



Asignatura: Español
Proyecto: 4 “cuentos y recuentos”
Autor del cuento original: Fernando José Palacios León
Título del cuento original: “La chica de la cámara de fotos”
Título del cuento adaptado: “La chica de la cámara instantánea”
Autor de la adaptación: Yadira Arely De La Cruz García
Grado y grupo: 2º “C”
                                       
                                                   


José Ma. Morelos y Pavón, Río Grande, Zacatecas, a 28 de 
noviembre de 2016

  La chica de la cámara instantánea.
  Cuando Elías regresó del trabajo encontró nada en el buzón por lo cual él se puso feliz de no recibir nada, pero al siguiente día al regresar nuevamente y ver un sobre en el buzón se puso muy furioso y sabía que el remitente estaría con letra dura y grande por si quisiera responderle, y así fue, entró a su mansión se sentó en la cama y puso su reloj de oro en el buró, luego al abrir la carta sintió como si pisara espinas y fuego andando descalzo.

  La caligrafía era hermosa, clara y suave, transmitía amor y emoción, ella respetaba todos los márgenes y su puntuación, sin embargo, el contenido de la carta era todo lo contrario, es decir feo y aburrido como las otras cartas que siempre trataba de contar todo lo que hacía como si fuera única y diferente pero no, ella copiaba todo lo que los demás hacían siendo una persona que cansaba y aburría.


  “Hola querido amigo, me da mucho gusto poder contarte lo que hago por algunos días ya que no tengo a nadie más, porque todos dicen que soy aburrida, déjame contarte una cosa que pase hace algunos días, cuando fui a la plaza me encontré con muchas personas, pero en especial  me llamó la atención una chica con una cámara instantánea y me acerqué, le comencé a platicar sobre mi vida y al final muy enojada me gritó lo siguiente:
-a mí no me interesa, mucho menos porque haces lo que todos.
Me  enojé demasiado y como anteriormente vi a una persona disparándole a otra, también fue de mi atención le hice lo mismo y todos me gritaron que era una asesina solamente porque le disparê , volví a mi casa rápidamente, me encuentro muy preocupada y no he salido de casa porque ha pasado muy cercas la policía, pero… yo sê que tú dices que no soy diferente pero ahora lo soy porque no a cualquier persona la persigue la policía y eso es lo que me hace muy feliz,  ahora soy diferente y espero ser así siempre para no sentirme mâs sola y ser perseguida por muchos fans porque la policía no elije a cualquiera como su ídolo mucho menos los persigue.”


  Elías se puso muy feliz de que ahora el contenido fuera diferente e interesante, pero se preocupó como nunca al saber que tenía una  “amiga” con serios problemas mentales, pero mucho más preocupante le pareció que él era cómplice de saber quien era la asesina de una chica que su muerte fue tendencia.



FIN


Autora: Yadira Arely De La Cruz G.



VERSIÓN ORIGINAL 

 La chica de la cámara de fotos.
Cuando regresé del trabajo había una carta en el buzón. Reconocí la letra con alegría, sabía que no tendría remitente, para que así no pudiera contestarle.

        Me senté en la cama dejando el sobre a mi lado, siempre me hacía ilusión recibir cartas suyas, era emocionante ver los folios doblados cubiertos de letras que me dirían algo, era como caminar por la playa y encontrar en la orilla del mar una botella con un mensaje dentro.
  Su caligrafía era dura e incorregible, pésima y complicada, transmitía un inmenso desorden emocional, no respetaba los márgenes y había fragmentos en los que la punta del bolígrafo atravesaba la hoja.
        Sin embargo, el contenido de su correspondencia era completamente distinto, como si fuese capaz de reflejar su propia alma en un espejo, como esos lagos que invitan a caminar a la mirada sobre la tersura de su superficie, siendo una parte más del cielo.
       

“Llevo años escribiendo un libro, todavía no sé cuándo lo terminaré, siquiera si tiene algún final. Es algo muy extraño, la gente suele pensar que al hecho de escribir le rodea un halo de magia o de misterio. No es para nada así. No hay nada de mágico en encontrar un momento de soledad, prepararme un café, sentarme en un abandonado silencio, poner música, siempre Mahler y siempre el adagietto de la quinta sinfonía en Do sostenido menor para saber por dónde empezar, quitarme el reloj de pulsera, dejarlo a un lado del ordenador. Y el vértigo, cada vez más acuciado y ensordecedor, de abrir el Word y no saber lo que voy a encontrar de mí mismo allí dentro. Y la tarde detrás de la ventana, y la noche deshaciendo el azul, y tantas veces el amanecer, los coches que se marchan calle abajo, las conversaciones, el traqueteo de una maleta con ruedas sobre la acera, la algarabía de unos niños camino del colegio.

        He escrito en tantas casas, en tantas ciudades diferentes, en tantos países y a tantas edades, ha entrado tanta gente en la habitación mientras lo hacía. Una madre, un hermano, un amigo, una llamada de teléfono, un timbrazo en el portero automático, una mujer. Me desanimo al pensar que no concluiré jamás la historia y que he vuelto a borrar un montón de páginas que ya no me decían nada, quizá porque la persona que las escribió ya no existe, porque he cambiado, porque de una página a otra me han pasado demasiadas cosas.
       
  Me apena cuando tengo que dejar morir a un personaje, por accidente o en una solitaria habitación de hospital, que en el fondo es lo mismo, o que el amor dure siempre tan poco. A veces, cuando me siento culpable, rescato a algunos personajes, les doy una vida más pequeña en otro cuento, les escribo algún poema sin que nadie lo sepa. Creo que Dios hizo algo parecido conmigo.
  Y me pregunto el porqué de tanto tiempo a solas, el porqué de tanta ausencia necesaria. Cuando pienso en el resto de personas del mundo, con sus vidas, con su ir y venir de allá para acá, con sus planes de futuro, sus muebles y sus casas a plazos, hablando de trabajo, de política o de fútbol, no entiendo cómo pueden vivir sin la escritura, sin la lectura al menos.

        O a lo mejor es que, en el fondo, no me comprendo a mí mismo y los cuestiono para defenderme. No importa, termino regresando aquí. Pero ellos, cuando se enteran, hacen preguntas. ¿Cuántos ejemplares has vendido? ¿Con qué editorial lo publicaste? ¿Cuánto dinero has ganado? Suelo sonreír lastimosamente, dar tres o cuatro explicaciones, cambiar de tema, mientras anhelo regresar al adagietto o al Riders on the Storm.
        En realidad te escribo porque hoy he visto a una chica haciendo fotos a la ciudad y me he quedado mirándola, ella se ha llevado la cámara al pecho al cruzarse nuestras miradas. Supongo que lo trasnochado de mi rostro le ha infundido miedo y pensaba que fuera a robársela, yo iba camino de la compra y el frío me empujaba a caminar rápido. Ella no sabía que me recordaba a otra mujer. Ella no sabía que iba a formar parte de esta carta, quizá me haya tirado una foto de espaldas o puede ser que haya dejado de hacer fotos por un rato.

        ¿No te parece increíble? Hacía cuatro grados bajo cero y ella estaba allí tratando de captar un instante, escribiendo con la luz, tratando de encajar la mirada en un encuadre asomada a un puente. ¿Crees que se merece un personaje en el libro o una vida pequeña? ¿Cómo debería llamarla? O mejor dejarlo así, mejor la chica de la cámara de fotos”.


FIN

Autor: Fernando José Palacios León.







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